"El mundo de los prodigios", de Robertson Davis

Por más sinceros que tratemos de ser en nuestros recuerdos, no podemos dejar de falsearlos en función del conocimiento que hemos adquirido con posteridad.
Quizás adquirimos todo ese conocimiento para poder falsear nuestros recuerdos. Aprendimos antídotos narrativos.
Para trazar una línea de sentido en la memoria.
Para entender quiénes no somos. Nadie.
Y saber distinguir la magia del ilusionismo.
( Un gran final para la Trilogía de Deptford. Una espléndida novela que se construye sobre el relato autobiográfico de Magnus Eisengrim como una gran gesta de escapismo y prestidigitación. Como un juego de actuación magistralmente iluminado que va desde el interior del autómata y pasa por la sombra de un hombre para terminar tras el reflejo de una cabeza de bronce.)
Un egotista es una criatura absorta en sí misma, encantada consigo misma y, además, dispuesta a contar al mundo entero cómo es esa apasionante historia de amor que vive. Un egoísta (...) es algo infinitamente más serio, un ser que hace de sí mismo, de su instinto, de sus anhelos y de sus gustos, la piedra angular de cualquier experiencia. El mundo, de verdad, es su creación.
Igual que su memoria.

Lansky dijo
Me gustó más que el segundo, Mantícora, aunque quizá no tanto como el primero, El quinto en discordia. No es mal balance.
Y no olvido que a este tío me lo descubriste tú (y ese lince de editor asteroideo)
Gracias
21 Agosto 2007 | 11:48 AM