Si quería escribir, pues escribía, sin miedos ni prejuicios. Luego, se entregaría a la vida con la misma intensidad con que lo había hecho antes con su obra. Así escribieron Fernando de Rojas, Jorge Manrique, el Arcipreste, Garcilaso, Shakespeare, fray Luis y tantos otros, que antes que escritores eran soldados, frailes, actores, funcionarios, y que de vez en cuando componían (¡con qué maravillosa y soberana libertad!) unos versos, unos actos, unos capítulos, y luego volvían a su vida de diario sin molestarse siquiera en saludar a la concurrencia. Ésos eran tipos de verdad sabios. Gente no corrompida todavía por la fama, ni por las ínfulas del yo, no por el prestigio de la fatalidad. Sí, había que encontrar esa ligereza descarada entre la vida y la escritura.

Landero le cuenta a Vila Matas que hay otra manera - mucho más sórdida - de vivir enfermo de literatura una vida muy poco literaria.

Le explica a Marías que a veces las voces que lo saben todo antes de que lo sepamos, se equivocan y nos mandan a la mierda.

Landero vuelve a escribir una excelente novela de fracasos, de literatura y de errores.

Y me da de nuevo una lección.