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La Coctelera

Lector Ileso

Diario de entusiasmos literarios subjetivos sin rigor: críticas sin criterio de novelas, poemas, artículos, eventos,... Parole, parole, parole.
Escribir es mentira. Leer es verdad

9 Marzo 2007

Nueve cuentos: 'En el bote', de JD Salinger

Desde aquí, el mar me había parecido transparente y limpio, pero desde la orilla el agua es marrón y verde de algas. Por eso estoy aquí mientras Patricia y los niños siguen en la playa: porque me repugnan las algas sobre la piel; puedo comerlas, pero no soporto que me rocen.

Por eso, y porque me duele mucho la pierna. Me empezó a doler un poco esta mañana al bajar las escaleras, un poco más cuando fui con los niños a la piscina de la urbanización, solos los tres, mientras Patricia esperaba a que se secara el esmalte de sus uñas; allí me pidieron que les pusiera pruebas; por ejemplo, saltar de cabeza desde los distintos trampolines a diferentes alturas.

"Saltad" - primero uno, después el otro, "¿pero quién primero: yo o Pablo? "Pablo O YO, Jaime...", en el orden que eligieran, de cada trampolín.

Y allá fueron. Y volvieron. Antes de terminar, cuando apenas habían cumplido con la mitad del circuito ascendente, tras haberse precipitado al agua desde dos de los trampolines a menor altura, cuando aún les quedaban los tres más altos, llegaron empapados hasta mí, a la carrera, a gritos, a reprocharme no estar prestando atención a sus zambullidas, "¡nos tienes que mirar cómo lo hacemos, para que digas quién gana nos tienes que mirar! "

Pero no podía. Ni mirarlos ni explicarles qué me daba mucho miedo: mirar.
Tirarme de cabeza.
Los trampolines.
Ver saltos de trampolín.
El nadador que se golpeó el cráneo en el aire con el filo del trampolín y al caer manchó con su sangre la piscina.
El agua turbia de la sangre de Greg Louganis en las Olimpiadas de Seúl 88. SIDA. Lo sabía, lo vio, y se asustó al ver las manos sin guantes del médico que le cosió la herida, al pensar en el agua infectada donde se lanzarían los otros saltadores después.

- No puedo miraros; tengo vértigo.

Vértigo no es miedo, vértigo es un miedo con diagnóstico. Vértigo es físico y no contagioso; carece del tufo irracional del miedo a los trampolines, al golpe seco en la nuca de Louganis, a la voz de mi madre que todos los veranos me gritaba que me alejara del bordillo para tirarme al agua, no me fuera a desnucar, que bajara mejor por las escaleras.

Pero vértigo no suena a la voz de mi madre - menos mal - porque no quiero acabar con esa valentía que les envidio y a mí me arrebataron a latigazos de peligros posibles en cordel, unidos a uno de sus extremos por las manos de mis adultos de infancia y que terminó de atar fortísimo el reguero de la sangre de Louganis en el agua. Un látigo de seis puntas con la inicial de cada riesgo, cada espanto que podría suceder al tirarme a la piscina:
Perder el equilibrio y golpearme contra el bordillo.
Estamparme de cabeza contra el fondo.
Lesionarme al resbalar, por correr para tomar impulso.
Estrellar mi cabeza contra la de otro bañista.
Luxarme un tobillo al llegar de pie hasta el fondo.
Enfermar por un corte de digestión, al sumergirme de repente después de haber estado al sol.

Pero no hay chasqueo en el vértigo. Solamente los ojos de los niños, que me miraron como lo hacen los adultos, y pensaron, como ellos, que soy raro, igual que los otros niños, hace años, pensaban al mirarme.

Mientras leía el libro que había llevado conmigo, incapaz de contemplar cómo se lanzaban al agua desde tan alto, Pablo y Jaime - desde lejos, desde dentro del agua a la que se habían lanzado de nuevo de cabeza, sin ningún temor, después de que yo no les hubiera revelado los míos - me empujaron hasta el fondo sin saberlo, al fondo de mi infancia de nuevo, de los veranos de niño raro, lector compulsivo, temeroso, asustadizo, cobarde, incapaz de sumarme al resto y a sus actividades; trepar las tapias, cazar insectos, saltar de cabeza desde las rocas al mar... me ahogo en este fondo de miedos propios y mi sentido del miedo extraño; una versión en pánico de la vergüenza ajena. De todo lo que me espanta hacer, o ver hacer a los otros. Lo que me atemoriza y lo que odio, lo que me asusta ver hacer a los demás se transforma en mi odio hacia ellos, lo siento como una ofensa abusiva, como si se absolvieran de sus temores en el mío y se aprovecharan de mí. Como si bastara con que alguien contuviese el miedo para que nada malo sucediera, y me correspondiese a mí cargar con él: un iracundo cordero pascual que quita el miedo del mundo, una furiosa monja de clausura del temor, que en lugar de rezar por la salvación de todas las almas, acumulara en mi estómago la bola de los miedos de todos los temerarios que a mi vista se lanzan al peligro desde lo alto, lo desafían, lo ponen a dos ruedas, o lo adelantan en curvas a cientos de kilómetros por hora.

Solamente cuando me emborracho parece que pierdo el miedo. No lo pierdo; cuando me emborracho me anestesio el miedo, que despierta al día siguiente, de resaca, con una intensidad que me abarca por completo y me pregunto qué va a ser de mí con tanto miedo... como un niño de Salinger. Pero huérfano.

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7 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Lansky

Lansky dijo

¡Muy bueno, Bob!

Y siento haber sido ese niño temerario que te daba tanto miedo ajeno. Por eso nos entendemos, aunque tu "entiendas" y yo no.

9 Marzo 2007 | 11:51 AM

el_clavadista_solitario

el_clavadista_solitario dijo

¡Genial!. El final -sobre todo- me ha encantado. Bluff.

9 Marzo 2007 | 12:33 PM

Lansky

Lansky dijo

Se me olvidaba. Entre saltar de un trampolín y pasarlo mal viendo saltar a otros más osados hay una tercera opción (¡Ay las terceras vías!): subir al susodicho y mearles desde arriba a los de abajo. En realidad se necesita más arrojo (ya que de arrojarse va esto) que para saltar: primero porque te muestras y luego porque demuestras.

9 Marzo 2007 | 01:17 PM

Vanbrugh

Vanbrugh dijo

Fantástico, Bob. No he leído el cuento de Salinger, pero si es lo que te ha inspirado este estupendo post, algo tendrá. He de buscarlo.

9 Marzo 2007 | 01:48 PM

luis

luis dijo

Depronto podríamos armar una secta. Todos los corderos del miedo del juicio o algo por el estilo, pero con un carácter anarquista, con acciones de odio al común y actos de inducción al sucidio. Es todo ese miedo que ojalá solo fuera el de las piscinas.

9 Marzo 2007 | 01:53 PM

Vargas Vila

Vargas Vila dijo

Ya de adulto el miedo que se coge a la piscina tiene más que ver con el cuento famoso de Cheever. Muy bueno el texto, Bob. Te has lanzado desde muy alto, y todos mirando, con evidia, tu zambullida.

9 Marzo 2007 | 02:05 PM

Lector Ileso

Lector Ileso referenció

Nine Stories: 'The Laughing Man', JD Salinger

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16 Marzo 2007 | 01:37 PM

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