"(...) existen tan sólo dos categorías de escritores y, por lo tanto, dos categorías de lectores.
Están aquellos que al final de un cuento suspiran ¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí? y están los que optan por sonreír ¡Qué suerte que se le ocurrió a alguien!"
Rodrigo Fresán, APUNTES PARA UNA TEORÍA DEL LECTOR

Estamos también los que leemos a Fresán y pensamos "¡Qué cabrón!"
Los que me seguís sabéis que amé "Jardines de Kensington". Bueno, pues nada comparado con "La velocidad de las cosas". Lo mío con la velocidad de las cosas ha sido un genuino 'amour fou'. Locura de amor Aurorita Bautista total. Tanto he amado este entramado de novelas que hasta lo he llegado a odiar. Porque cuanto más amaba a Fresán, más desprecio sentía hacia mí.
"La velocidad de las cosas" son catorce relatos y una novela. Son cientos de relatos y una novela. Son cientos de lecturas y una novela. "La velocidad de las cosas" es la hostia. Y un novelón.
Es un ensayo literario, un desfile de fantasmas, un laberinto de espejos, una catálogo de novelas por escribir, un libro de referencia, un ejercicio de amnesia, una historia de amor, una galería de monstruos, un comic de superhéroes, un tratado sobre la posmodernidad, ... es una barbaridad.

"La velocidad de las cosas - como personaje - es difícil de precisar. Ya lo dije: no hay fotos.
La velocidad de las cosas puede ser un hombre o una mujer, un cadáver llúcido o un adolescente psicotizado, el bajorrelieve de una lechuza en un templo precolombino en el que todos los demás ven un loro.
De algo estoy seguro: la velocidad de las cosas como forma de pensamiento - como idea que comienza y termina en sí misma - está intrínsecamente ligada a la idea del pasado y de la muerte pero nunca como sinónimo de lo final o de lo irrecuperable. Es más: cuando se ha experimentado la velocidad de las cosas lo primero que se pierde, de una buena vez por todas y para siempre, es el miedo a morirse."

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