Leí "Carta de una desconocida", de Zweig de un tirón en el Chiringuito Paco de Estepona una mañana de julio.
"Ardiente secreto" lo he leído esta mañana en una Delegación de Hacienda, en una Tesorería de la Seguridad Social y en una terraza del Moda Shopping de Orense.
Y no son datos irrelevantes (y mucho menos, snobs), no; son una prueba irrefutable de que la prosa de Zweig es tan magnífica que uno podría leerse cualquiera de estas dos novelas breves en plena manifestación La Familia SÍ importa (Barquero Hermanos, por ejemplo: cereales y semillas de Francia, Portugal y el Reino Unido) sin levantar la vista, ni siquiera para dejarse cegar por unas mechas salvajes o el fulgor de la gomina bajo el sol.

"Ardiente secreto" puede leerse como la historia moral de un peligroso coqueteo en un hotel de vacaciones austriaco antes de la Gran Guerra (lectura que me interesa bastante poco) o - y ésta es la que me ha atrapado y emocionado - como una historia de fin de infancia, de descubrimiento del mundo adulto por parte de un niño a través de su fascinación por un caballero (nada gay nada). Una de esas historias de iniciación que tanto me gustan y en las que el fin de la infancia tiene que ver con el descubrimiento de las debilidades adultas, sus mentiras y la soledad. De otros miedos, de la necesidad de respuesta, las conclusiones apresuradas y la falta de tanta información sobre la naturaleza humana.

Será porque cada día me golpeo brutalmente contra todo ello, como si acabara de abandonar la niñez (¡idiota!), que libros como "Ardiente secreto" de Zweig, 'The fallen idol' de Graham Greene, 'Other voices, other rooms', de Truman Capote o 'The catcher in the rye' de Salinger, me parecen maravillosos.