Para Tamaro, "Cada palabra es una semilla"...
... aunque tras haber sido víctima de un par de sus ¿novelas? y leer el primer capítulo de su último engendro, no alcanzo a averiguar de qué.
A los seis años ya era un pequeño ermitaño volcado en el silencio y la contemplación. La soledad era el único estado en el que alcanzaba la felicidad. Lejos del colegio y de los otros niños con los que no lograba tener ningún tipo de diálogo podía pasarme horas enteras sumida en la observación de un hormiguero, de una hoja que oscilaba en la rama. En esos momentos dejaba de ser yo, la niña cerrada, y era la hormiga, la hoja, el viento. Inmersa en la naturaleza me embargaba una gran paz.
Así, cuanto más menguaba mi capacidad de relacionarme con el género humano y el mundo social, más crecía en mí una extraordinaria capacidad de observación del universo físico. En cuanto supe leer sola empecé a procurarme todos los libros posibles sobre el misterio de la vida. Me sabía el nombre de un pájaro y con rapidez lograba aprender el nombre de otros diez. El nombre y las costumbres.
A los ocho años sabía reconocer unos cincuenta sólo con verlos aletear a lo lejos, en el aire. Y no sólo los pájaros, sino también las piedras, los insectos, los pequeños mamíferos, los felinos, los peces gelatinosos y los blanduzcos de las profundidades.
Susana Tamaro, consciente de la importancia de su figura intelectual y de la transcendencia de su obra en la Literatura Universal, deja hablar a su corazón y comparte con los afortunados lectores sus recuerdos de infancia, sus revelaciones y el germen de su enorme talento narrativo:
Naturalmente, cuando mi madre me preguntaba «¿Por qué lloras?», o «¿Por qué no quieres salir?», o «¿Por qué cierras los ojos y tiemblas?», no le contestaba «Porque hay dinosaurios y meteoritos» o «Porque el corazón de la tierra es rojo e incandescente», sino «Por nada». Dentro de mí pensaba que no sabían nada y que era mejor no turbarlos, pero, al mismo tiempo, en la mente de mi madre y de los profesores del colegio cobraba cuerpo, cada vez más, la idea de una forma de locura precoz y nada ligera.
Susana Tamaro comienza su último libro con una introducción que titula "La humildad de la mirada", donde tiene la valentía de escribir:
Para poder escribir y para que lo escrito tenga sentido hay que tener el valor de sufrir mucho, de ir al fondo de uno mismo. Hay que tener la humildad de decir siempre «¿Qué estoy haciendo aquí?», y cada vez no saber qué contestar.
Un párrafo que me conmueve y con el que me identifico plenamente: leo a Susana Tamaro, sufro mucho, voy al fondo de mí mismo y me digo: "¿Qué está haciendo ELLA aquí?".

antoño dijo
Lo que demuestra que una infancia hiperestésica no garantiza un futuro escritor. Si que suele producir grandes psicokillers o adultos con espeluznantes cortes de pelo (caso de esta chica)
21 Febrero 2005 | 02:07 PM