Primero fue "Deseo" de la Premio Nobel Elfriede Jelinek; tenía muy buena pinta, la sinopsis de contraportada la hacía deseable, mi sentido del deber me impulsaba a conocer a la premiada... ¡y lo dejé anoche en la página 70!

"Deseo" podría definirse como una obra difícil. Dura. Dolorosa. No sé. Mi experiencia lectora ha sido desasosegante y angustiosa, con una incómoda sensación de distancia impuesta por la prosa de la autora que - quizás, por fortuna - me impidió penetrar en una historia de vejaciones y poder, de sexo y consumo, de elites con inconsciencia de clase. Setenta páginas de sufrimiento son demasiadas, incluso para mí.

Acto seguido, y no sin culpa, tras apilar el libro de la austriaca en el estante de los Nunca Mais, me dirigí al de los Pendientes para hincarle el diente a un muy apetecible epistolario de Jean Cocteau a su madre, publicado por los argentinos Libros del Zorzal. A la segunda carta ya no pude más. Qué espanto de traducción. Qué horror. Leer "Sucesivamente inquietante", o algo así, me hizo dejarlo casi con violencia.

Tercer intento: "La hora de la salida", de Christophe Dufossé: narrador en primera persona, suicidio de un joven profesor, alumnos adolescentes,... interesante. Aunque esta mañana, en el autobús, un escalofrío me ha recorrido la espalda cuando he leído, en la página 76: "En fin de cuentas, estaban en sus dominios." Joder, ¡qué racha! ¡Qué mala manera de empezar el año! Otra como ésta y lo dejo (con las ganas que tengo que zamparme "Los papeles póstumos del Club Pickwick", de Dickens, traducido por José María Valverde y olvidarme de disgustos experimentales...)