Steel teme y sabe que sus lectores lo quieren todo y lo quieren ya, que no le van a dar demasiadas oportunidades, que disfrutan más con los estereotipos que con los matices.
James sólo tiene miedo a que sus palabras no provoquen el efecto deseado, a que un adjetivo desentone y le cambie la hechura al traje del General.
Danielle tiene prisa.
Henry dispone de toda la eternidad por delante.

Si ARQ hubiera copiado a Henry James en vez de a Danielle Steel, sus lectores no se hubieran dado cuenta; no habrían llegado a leer hasta ahí.


" Faith Madison era menuda y tenía clase. Su expresión era seria mientras ponía la mesa, aliñaba una ensalada y vigilaba la cena que había preparado y que estaba en el horno. Vestía un traje negro, de buen corte y, a los cuarenta y siete años, seguía tan esbelta como cuando se casó con Alex Madison, hacía ya veintiséis. Parecía una bailarina de Degas, con sus ojos verdes y su melena rubia, larga y lisa, que llevaba recogida en un estilizado moño. Suspiró y se sentó, tranquilamente, en una de las sillas de la cocina.
La pequeña y elegante casa de piedra rojiza de la calle Setenta y cuatro Este de Nueva York estaba en absoluto silencio y, mientras esperaba a que llegara Alex, podía oír el tictac del reloj. Cerró los ojos unos instantes, pensando en el lugar donde había estado esa tarde. Cuando los abrió de nuevo, oyó cómo se abría y se volvía a cerrar la puerta de la calle. No hubo ningún otro sonido, nada de pasos en la alfombra del recibidor, ni un simple hola al entrar. Siempre entraba así. Cerraba la puerta, dejaba el maletín, colgaba la chaqueta en el armario y miraba el correo. Al rato, iba a buscarla. Comprobaba si estaba en su pequeño estudio y luego miraba en la cocina a ver si se encontraba allí.
Alex Madison tenía cincuenta y dos años. Se conocieron cuando ella estaba en la universidad, en Barnard, y él en la escuela de administración de empresas, en Columbia. Todo era diferente entonces. A él le sedujeron los modales abiertos y llanos de Faith, su calidez, su energía y su alegría. Alex siempre había sido tranquilo y reservado, cauto en sus palabras. Se casaron en cuanto ella obtuvo la licenciatura y él acabó el máster. Desde entonces trabajaba como experto en inversiones en una empresa. Después de terminar la carrera, ella trabajó durante un año en Vogue, como redactora en prácticas, y le encantó. Lo dejó para ir a la facultad de derecho, donde cursó el primer año. Aunque lo dejó también al nacer su primer niño, su hija Eloise, que acababa de cumplir los veinticuatro años y se había ido a vivir a Londres a principios de septiembre. Trabajaba en Christie's y estaba aprendiendo mucho sobre antigüedades. La otra hija de Faith, Zoe, de dieciocho años, estaba en su primer año de universidad, en Brown. Después de veinticuatro años dedicada plenamente a hacer de madre, Faith llevaba en paro dos meses. Las chicas se habían ido y, de repente, ella y Alex estaban solos."

Danielle Steel, DESEOS CONCEDIDOS


"Aunque estaba avisado de que las damas se encontraban en la iglesia, esta información vino a desmentirla lo que vio desde lo alto de la escalinata —que descendía desde gran altura en dos ramales, en un movimiento envolvente de lo más cautivador—, plantado en el umbral de la puerta que, desde la larga y luminosa galería, dominaba la inmensa extensión de césped. A lo lejos, se hallaban sentados tres caballeros bajo los árboles frondosos mientras una cuarta persona que lucía un vestido escarlata ponía una «nota de color» en medio del verdor lozano e intenso. El criado mostró a Paul Overt este panorama no sin antes preguntarle si deseaba ir primero a su habitación. El joven desestimó tal privilegio, sabedor de que un trayecto tan corto y llevadero no había sido causa de fatiga, y siempre deseoso de tomar posesión cuanto antes, así fuera por medio de los sentidos, de un nuevo entorno. Se detuvo un instante con la mirada puesta en el grupo y en tan admirable panorámica, los amplios terrenos de una antigua casa solariega cercana a Londres —por añadidura una ventaja— en tan espléndido domingo de junio.
—Y esa dama... ¿quién es? —preguntó al criado antes de que éste lo dejara.
—Creo que es la señora Saint George, señor.
—¿La señora Saint George? ¿La esposa del distinguido…?
Paul Overt se contuvo, ante la duda de que un lacayo estuviera al corriente de tal cosa.
—Sí, señor. Es probable... señor —dijo el criado, quien desde luego parecía dar a entender que toda persona alojada en Summersoft, por lógica, había de ser distinguida, aunque fuera por parentesco. No obstante, su manera de hablar bastó para que el pobre Overt dudara por un momento de su propia distinción.
—¿Y los caballeros? —insistió Overt.
—Verá, señor... Uno de ellos es el General Fancourt.
—Ah, sí, ya sé, gracias
."
Henry James, LA LECCIÓN DEL MAESTRO

Si Danielle Steel hubiera querido narrar ese domingo de Junio, lo habría resuelto con muchísima más soltura, ¡dónde va a parar!

"Paul Overt era menudo, tenía clase y un criado a su cargo, que antes había trabajado en casa de los Winston, y que esa mañana de junio le puso al corriente de cuál de esas damas era quién, entre ellas la señora Saint George, esposa del distinguido señor Saint George."

Aunque el párrafo de la Steel a James le habría dado para una novela de, por lo menos, 400 páginas. Deliciosa, eso sí.

Literaturas de dos velocidades. Dos texturas - deslizante Steel, mullido James. Dos miradas sobre los hombros: la de los lectores y la de otros escritores.