Estoy emocionadísimo porque esta semana se publica un nuevo libro del lucidísimo y brillante Ernesto Sábato; un diario de su última temporada en España, del que transcribo un extracto que quizás no revele nada nuevo, ni descubra continentes, pero que es vero e ben trovato:
"Durante el almuerzo conversamos acerca del esfuerzo con que enfrentan las pequeñas editoriales la competencia de los grandes grupos. La filosofía mercantilista que desde hace mucho tiempo viene rigiendo la cultura ha convertido a las grandes casas editoras en expendedoras de best-sellers previsibles, prefabricados sobre un riguroso estudio de mercado. Para ello se cuenta con estrategias que van desde los más sutiles recursos publicitarios al arancelamiento de críticos especializados, encargados de convencer a los lectores de que el libro que ellos están deseando es aquel que hallarán en el sector de “Novedades”, y que en rigor debería llamarse “Fugacidades”, porque no suele ser otro el destino de esa clase de literatura.
En medio de estos avatares, quedan relegados al olvido quién sabe qué cantidad de talentosos escritores que no pueden asegurarle al editor un puesto entre los más vendidos.
Cada vez son menos quienes se arriesgan por la verdadera literatura, por eso me gusta tanto encontrarme con los Sierra; en ellos me conmueve el esfuerzo que hacen por sostener un espacio en la literatura y en el pensamiento. Tengo un reconocimiento real por esas pequeñas editoriales, y una verdadera nostalgia por las modestas librerías que eran atendidas por hombres enamorados de su oficio, y que en otro tiempo supe frecuentar en mis años de lector ansioso.
Sí, siento nostalgia cuando me recuerdo hurgando aquellos viejos estantes como quien busca un exótico tesoro. Aquella necesidad, casi física, por acariciar los lomos de los libros, por oler sus páginas impresas; como si en ese acto estuviese implícito un primer acercamiento, un olfato, como aquel con que los hombres de campo valuaban sus caballos. Y luego, la urgencia por hallarnos a solas con el libro, en silencio frente a la página, inermes ante una obra que podía modificar sustancialmente el curso de nuestra vida. Todo aquello formaba parte de un rito que se ha vuelto inusual en nuestro tiempo.
Una gran obra nace de una soledad desgarradora, y lo que pide es ser recibida por una soledad semejante que la acoja. Responsables de este embrutecimiento son el vértigo en que vivimos, que nos ha embotado la sensibilidad, y una filosofía general de la existencia que ha reducido al libro, y a todo lo existente, a la categoría de mercancía.
No pretendo caer en la insolente omisión de ignorar que mis novelas y mis ensayos llevan años gozando de los cuidados y beneficios de las más grandes editoriales del mundo. Ellas han hecho posible que mi obra sea traducida a más de treinta lenguas, y cualquier lector interesado puede acercarse a mis libros en las diversas ediciones que existen. Pero así puestas las cosas, creo que quienes tienen a su cargo las políticas y las legislaciones culturales deberían hallar el modo para que las pequeñas librerías y casas editoras no sean arrasadas por la impresionante expansión que en este tiempo han gozado los grandes grupos. Que no acaben siendo una de las tantas especies que agonizan.
Estuve a punto de tirar esto, presupongo que se leerá en algún momento del futuro.
(...)
Pero luego sigo queriendo escribir como si fuese un anhelo que se impone, lenta pero seguramente, sobre mi espíritu crítico y mi tendencia a la destrucción, ese otro lado inevitable, e imprescindible al acto creador".
Claro, que los diarios de Sábato, "España en los diarios de mi vejez ", los publica la misma editorial que anuncia a bombo y platillo los más de 150.000 ejemplares vendidos de "El club Dante".


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