"Trece campanadas", de SUSO DE TORO
Mi novio, mi amiga Micaela y yo pasamos un delicioso fin de semana en Santiago de Compostela, y ya en el aeropuerto, a punto de coger el avión para Madrid, Micaela se compró el libro de Suso de Toro. No es un mal souvenir . Ella lo devoró, me lo prestó y yo ahora hago lo propio (ando por la página 200).
Al principio, pensé que "Trece campanadas" era un best-seller, y no por sus cifras de ventas, ni porque hubiera sido adaptado al cine por Xavier Villaverde (es simpático que el director de la versión cinematográfica sea el mismo que la protagonista menciona como posible director del guión que ella ha escrito; uno de los desencadenantes de la acción de esta novela), sino por el tono, la estructura y los recursos narrativos utilizados (voces múltiples, documentos reproducidos, chats,...) además de por las referencias a sociedades secretas, misterios demoníacos y algún que otro mecanismo de intriga relacionado con lo esotérico.
Pero, a estas alturas - cuando todavía me queda la mitad y no veo el momento de retomarlo para seguir disfrutando de su excelente trama, el finísimo humor - con mucha retranca gallega - que destila uno de los personajes narradores, las evocadoras referencias a Santiago de Compostela, la evolución de la complicidad entre la pareja protagonista y la resolución del misterio - ya no me parece que "Trece campanadas" esté escrita desde la frialdad de cálculo creativa de un best-seller, sino que constituye una divertidísima y muy inteligente sátira de las relaciones tortuosas que establece un habitante lúcido con una ciudad de provincias tan mítica como Santiago de Compostela.
"Trece campanadas" es una gran humorada y, además, un buen ejercicio de estilo y de teoría literaria, una novela en la que se nota el disfrute de Suso de Toro que declara sus intenciones a través de los parlamentos de sus personajes:
Quien lee literatura hoy quiere cosas de buen gusto, no es broma. Cosas que no sean vulgares, o mejor, corrientes. El cine puede satisfacer el gusto más común, pero la literatura no debe hacerlo, sino complacer el de la gente de buen gusto. Y el buen gusto requiere que no haya sentimientos ni estremecimientos, pide frialdad e ironía. Si puede ser, un toque de cinismo.

