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Terra
La Coctelera

Categoría: Nine Stories, de JD Salinger

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Nine Stories: 'The Laughing Man', JD Salinger

Por partes:

PRIMERA

Me preocupa ese John Gedsudski, veinteañero creador de 'The Laughing Man', que les cuenta a unos críos historias que contienen
1. opio
2. una niña travesti
3. escenas gore

SEGUNDA

Hay párrafos del cuento de Salinger que me gustan como poemas:

If wishes were inches,

all of us Comanches

would have had him a giant in no time.

o

But the main thing I had to do in 1928

was watch my step.

Play along with the farce.

Brush my teeth.

Comb my hair.

At all costs, stifle my natural hideous laughter.

Y otros que me parecen perfectos cuentos completos:

He stared for a moment in the right direction, then said he'd be back in a minute and left the field. He left it slowly, opening his overcoat and putting his hands in the hip pockets of his trousers. I sat down on first base and watched. By the time the Chief reached Mary Hudson, his overcoat was buttoned again and his hands were down at his sides.

TERCERA

Es precioso que en las tardes lluviosas los llevaran al Museo de Historia Natural. Me recuerda el final de 'The catcher in the rye', esa escena de Holden y Phoebe en la que lloro siempre.

Esa escena me encanta.

A las pruebas me remito...

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Nueve cuentos: 'En el bote', de JD Salinger

Desde aquí, el mar me había parecido transparente y limpio, pero desde la orilla el agua es marrón y verde de algas. Por eso estoy aquí mientras Patricia y los niños siguen en la playa: porque me repugnan las algas sobre la piel; puedo comerlas, pero no soporto que me rocen.

Por eso, y porque me duele mucho la pierna. Me empezó a doler un poco esta mañana al bajar las escaleras, un poco más cuando fui con los niños a la piscina de la urbanización, solos los tres, mientras Patricia esperaba a que se secara el esmalte de sus uñas; allí me pidieron que les pusiera pruebas; por ejemplo, saltar de cabeza desde los distintos trampolines a diferentes alturas.

"Saltad" - primero uno, después el otro, "¿pero quién primero: yo o Pablo? "Pablo O YO, Jaime...", en el orden que eligieran, de cada trampolín.

Y allá fueron. Y volvieron. Antes de terminar, cuando apenas habían cumplido con la mitad del circuito ascendente, tras haberse precipitado al agua desde dos de los trampolines a menor altura, cuando aún les quedaban los tres más altos, llegaron empapados hasta mí, a la carrera, a gritos, a reprocharme no estar prestando atención a sus zambullidas, "¡nos tienes que mirar cómo lo hacemos, para que digas quién gana nos tienes que mirar! "

Pero no podía. Ni mirarlos ni explicarles qué me daba mucho miedo: mirar.
Tirarme de cabeza.
Los trampolines.
Ver saltos de trampolín.
El nadador que se golpeó el cráneo en el aire con el filo del trampolín y al caer manchó con su sangre la piscina.
El agua turbia de la sangre de Greg Louganis en las Olimpiadas de Seúl 88. SIDA. Lo sabía, lo vio, y se asustó al ver las manos sin guantes del médico que le cosió la herida, al pensar en el agua infectada donde se lanzarían los otros saltadores después.

- No puedo miraros; tengo vértigo.

Vértigo no es miedo, vértigo es un miedo con diagnóstico. Vértigo es físico y no contagioso; carece del tufo irracional del miedo a los trampolines, al golpe seco en la nuca de Louganis, a la voz de mi madre que todos los veranos me gritaba que me alejara del bordillo para tirarme al agua, no me fuera a desnucar, que bajara mejor por las escaleras.

Pero vértigo no suena a la voz de mi madre - menos mal - porque no quiero acabar con esa valentía que les envidio y a mí me arrebataron a latigazos de peligros posibles en cordel, unidos a uno de sus extremos por las manos de mis adultos de infancia y que terminó de atar fortísimo el reguero de la sangre de Louganis en el agua. Un látigo de seis puntas con la inicial de cada riesgo, cada espanto que podría suceder al tirarme a la piscina:
Perder el equilibrio y golpearme contra el bordillo.
Estamparme de cabeza contra el fondo.
Lesionarme al resbalar, por correr para tomar impulso.
Estrellar mi cabeza contra la de otro bañista.
Luxarme un tobillo al llegar de pie hasta el fondo.
Enfermar por un corte de digestión, al sumergirme de repente después de haber estado al sol.

Pero no hay chasqueo en el vértigo. Solamente los ojos de los niños, que me miraron como lo hacen los adultos, y pensaron, como ellos, que soy raro, igual que los otros niños, hace años, pensaban al mirarme.

Mientras leía el libro que había llevado conmigo, incapaz de contemplar cómo se lanzaban al agua desde tan alto, Pablo y Jaime - desde lejos, desde dentro del agua a la que se habían lanzado de nuevo de cabeza, sin ningún temor, después de que yo no les hubiera revelado los míos - me empujaron hasta el fondo sin saberlo, al fondo de mi infancia de nuevo, de los veranos de niño raro, lector compulsivo, temeroso, asustadizo, cobarde, incapaz de sumarme al resto y a sus actividades; trepar las tapias, cazar insectos, saltar de cabeza desde las rocas al mar... me ahogo en este fondo de miedos propios y mi sentido del miedo extraño; una versión en pánico de la vergüenza ajena. De todo lo que me espanta hacer, o ver hacer a los otros. Lo que me atemoriza y lo que odio, lo que me asusta ver hacer a los demás se transforma en mi odio hacia ellos, lo siento como una ofensa abusiva, como si se absolvieran de sus temores en el mío y se aprovecharan de mí. Como si bastara con que alguien contuviese el miedo para que nada malo sucediera, y me correspondiese a mí cargar con él: un iracundo cordero pascual que quita el miedo del mundo, una furiosa monja de clausura del temor, que en lugar de rezar por la salvación de todas las almas, acumulara en mi estómago la bola de los miedos de todos los temerarios que a mi vista se lanzan al peligro desde lo alto, lo desafían, lo ponen a dos ruedas, o lo adelantan en curvas a cientos de kilómetros por hora.

Solamente cuando me emborracho parece que pierdo el miedo. No lo pierdo; cuando me emborracho me anestesio el miedo, que despierta al día siguiente, de resaca, con una intensidad que me abarca por completo y me pregunto qué va a ser de mí con tanto miedo... como un niño de Salinger. Pero huérfano.

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Nueve cuentos: 'Para Esmé, con amor y sordidez', de JD Salinger

Me gusta mucho que Salinger escribiera una historieta sobre la segunda Guerra Mundial tan poco sórdida y tan Vogue.

Me encanta enterarme - ya en la segunda página del cuento - de que el regimiento del protagonista estaba compuesto por 'escritores de cartas', que me parece algo muchísimo menos ordinario que los habituales regimientos de soldados de la Gran Guerra bis, retratados en la literatura y en el cine como 'jugadores de cartas'. Mejor escritores que jugadores. Dónde va a parar.

Es delicioso encontrar a lo largo de la narración oasis de estilismo que contrastan con tanta épica de guerra, que a mí siempre me ha olido a humedad, a mierda y a pies. Que el protagonista lleve una bufanda de cachemira resulta una noticia maravillosa. Y que, en pleno conflicto, su suegra le pida por carta que le consiga otra, hace todo muchísimo menos sangriento. Más de boutique que de trinchera, gracias a dios.

Da gusto encontrarse - en la tercera página - con una instructora de coro vestida con un traje de tweed - un tejido que tan bien supo mezclar Josep Font con la organza en su primer desfile de París.

Y que en el primer encuentro de Esmé con Charles, ella vistiera un traje escocés con los colores del clan Campbell me hace pensar en la espléndida colección en tartán de Gaultier para el invierno que viene que el diseñador - más joven que cuando empezó - acaba de presentar en París.

¿No es divino que uno de los personajes utilice la expresión 'abrigo de piel barato'? ¿O que otro insista en madrugar para ir a comprarse una chaquetilla Eisenhower que '... son muy buenas. Quedan muy bien'?

Por no hablar del otro gran acierto en el estilismo de Esmé, ese reloj masculino oversized, que es el verdadero protagonista del cuento y la metáfora que resume su mensaje final: Jamás renuncies a tu estilo por amor. Perderás tu estilo y perderás tu amor.

Me chifla este Salinger tan chic...

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Nine Stories: Pretty mouth and green my eyes, de JD Salinger

De noche, Nueva York es muy pequeño.
Más cuando andas borracho;
todos nos conocemos...

Seguro que recuerdas
a la chica de Dorothy
- PLEASE, God, let him telephone me now. -
Te acuerdas. Ya sabía yo.

Joan. Joanie. Eso es.

Joan. Joanie [Esa era] terminó en un Salinger
con un amigo de su marido.
- WHEN the phone rang,
the gray-haired man asked the girl,
with quite some little deference,
if she would rather for any reason
he didn't answer it.

Lo sé porque lo leí.

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Nine Stories: De Daumier-Smith's Blue Period, de JD Salinger

I'm tempted to say that Thursday evening was peculiar, or perhaps macabre, but the fact is, I have no bill-filling adjectives for Thursday evening. I left Les Amis after dinner and went I don't know where--perhaps to a movie, perhaps for just a long walk; I can't remember, and, for once, my diary for 1939 lets me down, too, for the page I need is a total blank.

I know, though, why the page is a blank. As I was returning from wherever I'd spent the evening--and I do remember that it was after dark--I stopped on the sidewalk outside the school and looked into the lighted display window of the orthopedic appliances shop. Then something altogether hideous happened. The thought was forced on me that no matter how coolly or sensibly or gracefully I might one day learn to live my life, I would always at best be a visitor in a garden of enamel urinals and bedpans, with a sightless, wooden dummy-deity standing by in a marked-down rupture truss. The thought, certainly, couldn't have been endurable for more than a few seconds. I remember fleeing upstairs to my room and getting undressed and into bed without so much as opening my diary, much less making an entry.

TO: Les Amis Des Vieux Maitres [Jean de Daumier-Smith]

... por más que aprendiera algún día a vivir con frialdad, sensibilidad o gracia, siempre sería, en el mejor de los casos, un visitante en un jardín de cuñas y orinales esmaltados, donde habría un maniquí ciego, de madera, con un braguero para hernia a precio rebajado.

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Nine Stories: Teddy, de JD Salinger

Primero viene el miedo a un mal golpe en la delgada nuca contra el metal que rodea el ojo de buey.
Después, al odio del padre.

Después llega el miedo a que la Leica caiga al agua, o se haya mojado, perdido, estropeado.
Después, a que la niña no obedezca las instrucciones de su hermano mayor.

A continuación aparece el miedo al sexo abusador. A que las manos del adulto que rematan los brazos que son brazos porque son brazos acaben sobre las pequeñas manos que se esconden entre los muslos, entre la tela de los pantalones cortos que son demasiado largos y demasiado anchos en los fondillos.
Después, a que suceda; cuando sea, aunque no importe.

Al final es el miedo a volver a leer el relato y descubrir que Teddy dijo algo sobre mí.