10 Mayo 2013
Un libro de recuerdos a tres a la francesa solo puede ser más triste si el vino barato se mezcla con opio, si se le añade el sentido trágico del drama ruso y si los trenes tardan tanto en llegar que nos da tiempo de sobra para descubrir que toda la literatura que nos contiene no es más que un colchón para el coma de la memoria de nuestra vida real.
¿Cómo se escribirá “No me digas que no hay nada más triste que lo tuyo” en cirílico?
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9 Mayo 2013
No sé cómo he podido vivir tantos años sin conocer a Sally Jay Gorce, esa joven prima literaria de la fabulosa Lorelei Lee (mítica protagonista de 'Los caballeros las prefieren rubias' de Anita Loos, publicada en 1925), a esta hermana melliza de Holly Golitghly (trágica antiheroina del 'Desayuno en Tiffany's', de Truman Capote).
Ni siquiera sé si Sally y Holly se conocieron alguna vez; ambas nacieron para la literatura en 1958 y las dos habrían tenido muchas cosas que decirse. Lo que sí sé, seguro, es que Holly, de haberse topado con la protagonista de 'Te quiero verde' alguna mañana en Nueva York, le hubiera pedido dinero prestado a Sally. A Sally Jay, no a la Sally Bowles del Berlín de Christopher Isherwood, que también podría haber compartido con las tres una copa de champán, de ginebra o lo que fuese que entrara bien y calentara la tristeza hasta hacerla entrar en ebullición y evaporarse.
'Te quiero verde' es una novela de aprendizaje, de chica norteamericana que decide marcharse a conocer mundo a París subvencionada por un generoso pariente rico. Una buena historia de muchacha con aspiraciones a convertirse en actriz y a hablar con gente que no conoce, y que busca la ocasión para no arrepentirse de su vida al envejecer. Lo normal. Y, como tal, la novela funciona a la perfección.
También funciona como mecanismo hilarante, como crítica salvaje a la snob fascinación norteamericana por lo europeo y como el roce de una estola de seda sobre las cenizas de un habano de Hemingway en algún café parisino. Impecable. Y sucio, claro.
Lo magnífico de esta novela llega cuando todo lo anterior funciona y nos acomoda, cuando nos relajamos ante una crónica desmadrada de la vida loca de ultramar y de la feliz posguerra. El verdor del relato de Dundy surge en el preciso momento en que su protagonista deja de escribir una novela y pasa a escribir un diario. Cuando ya no tiene que aparentar ninguna despreocupación ni felicidad constante ni tontos remordimientos por pasearse por los bulevares de París a plena luz del día enfundada en un traje de fiesta.
'Te quiero verde' nos estalla en las manos y nos congela la sonrisa cuando Sally Jay escribe para saber, no para contarnos. Cuando da con las preguntas peligrosas:
“¿Qué sucede cuando la curiosidad se te agota? ¿Cuando se te acaba la fuerza de voluntad y la energía y tienes la sensación de que todo se repite? ¿Qué será de mí dentro de cinco años, cuando me despierte por la noche (o cuando no pueda llegar a dormir, como ahora), inspire profundamente para empezar todo de nuevo, y me dé cuenta de que ya no puedo respirar? ¿Cuándo empezaré a correr otra vez y me daré cuenta de que las piernas ya no me sostienen?”

Como si pudiéramos empezar a correr otra vez. Como si nos fuéramos a dar cuenta a tiempo de que ha llegado el momento de empezar de nuevo. Como si Sally Jay Gorce, Lorelei Lee, Holly Golitghly, Sally Bowles o cualquiera de nosotros no fuéramos ya conscientes de dos cosas: UNA, que la risa es lo único que nos salva y DOS, que la vida es una mierda cuando alguien cree que una chica solo tiene dos opciones, bien convertirse en un monstruo, bien convertirse en una mujer sumisa. De eso habla también 'Te quiero verde'; de las posibilidades de huida de una chica como Sally Jay. De una chica con una buena renta como ella. No habla de las chicas sin dinero ni pasaporte para enloquecer en Europa. Esa es otra historia.
Otra historia que Elaine Dundy cuenta muy bien en uno de los deliciosos diálogos del libro:
“–He perdido el pasaporte –les anuncié–. Soy una ciudadana del mundo.
–Y un carajo –repuso el Anciano–. Eres una prisionera del mundo.”
Una prisionera del mundo que no sabe ni cuándo ni dónde echar a correr.
Lean 'Te quiero verde'. Me lo agradecerán. A mí y a su traductor, Ismael Attrache, que ha hecho un trabajo impecable. Una vez más.
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24 Marzo 2013
A veces la literatura va tan en serio que nos acoge en espacios mínimos. En ocasiones, un cuento de nueve páginas basta como refugio. Yo recurro a menudo a 'El buen señor Marblehall', de Eudora Welty, a la espléndida traducción que hicieron J.M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez de 'Una cortina de follaje y otros relatos' en Anagrama y que la editorial ha cedido para los 'Cuentos completos' publicados por Lumen.
'El señor Marblehall' es un relato breve que empieza describiendo a su protagonista desde la distancia de narradora omniscente: “El señor Marblehall nunca hizo nada; no se casó hasta los sesenta años” y, solo con eso, ya logra que nos cuestionemos nuestra vida, el hacer y el deshacer de las cosas, los ritos obligados... o cuánta mala baba puede segregar un punto y coma. Es una delicia. A partir de ahí incluso mejora, y la autora pasa de esa actitud de cuentista sabelotodo a buscar nuestra alianza desde un vocativo que, de inmediato, transforma en un amable imperativo con el cual la Welty, que era fabulosa, aprovecha para hacernos cómplices de su forma de mirar a los viejos: “Puedes verle salir a pasear. Fíjate y verás lo delicados que llegan a creerse los viejos: su forma de caminar, igual que conspiradores, un poquito inclinados, llenos de prevención”. Y esto es solo el primer párrafo, y ya me siento como si llevara varios días alojado en este balneario de texto perfecto, como si me hubiera pasado horas alternando los chorros de agua fría y agua caliente sobre los hombros. Porque 'El señor Marblehall', me temo que no se lo he dicho antes, se ha convertido últimamente en mi spa. Yo no soy como Ana Botella, que necesita irse a Portugal. Se nota que Ana Botella no ha leído a Eudora Welty y no sabe que lo mejor para escaparse y abandonar toda responsabilidad es abandonarse a un cuento como el de 'El señor Marblehall' de quien, todavía en el primer párrafo, también hablan sus vecinos; de frente y a sus espaldas, claro.
De la trama del cuento prefiero no explicar demasiado, ni seguir destripando sus mecanismos precisos; prefiero que lo hagan ustedes, lectores (míos, de Eudora Welty, de sus traductores, de Anagrama, de Lumen...) Paso por encima de los paseos del señor Marblehall por la calle principal del pueblo y por los caminos que llevan a las afueras, por el juego de probabilidades morales que plantea la autora y se pregunta, piensa consolándose, el propio caballero protagonista. Sigo hasta casi el final, hasta que se acerca la conclusión del cuento y llega un párrafo que me obsesiona, que tiene sobre mí el efecto de un masaje verbal descontracturante (la RAE me perdone) que me deshace los nudos de angustia que se me forman en la pleura pero me deja todo el cuerpo dolorido. Dice tal párrafo: “Ese es el asunto: ellos soportan algo interiormente, durante un tiempo, en secreto; establecen un pasado, un recuerdo. Así almacenan vida”. Ese es el asunto: aguantar la respiración para que todo lo que soportamos en secreto no se vuele, para que sedimente y se vaya haciendo sólido; nada de expulsarlo en un golpe de tos tras un grito desgarrado. Nada de llenarnos de líquido para que se disuelva; hay que dejarlo reposar hasta que se convierta en un pasado, en un recuerdo. “Así almacenan vida”. Así almacenamos vida.
'El buen señor Marblehall', de Eudora Welty, es un cuento perfecto de múltiples miradas superficiales, de puertas para afuera y recorridos fijos que trazan un drama que no lo es porque nadie sabe nada, solo nosotros, y nos importa poco. Nosotros lo sabemos, aunque no tan bien como el anciano del título, que logra compensar ese párrafo inicial por el que nunca hizo nada durante sesenta años. Hasta que se decidió a tener una vida a costa de tenerla almacenada, como en un guardamuebles. No una de esas vidas que son el mito de Sísifo, sino el síndrome de Diógenes. Ese es el asunto.
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15 Febrero 2013
Nada como una revolución previa a la francesa en Londres para entender que nunca estuvimos solos, que los sonidos punk a todo volumen explican las cosas mucho mejor que la perorata aburrida de un profesor de historia sin una antorcha en la mano.

Este libro de Rocha es una joya de consulta que va y viene saltando a lo pogo entre las revueltas sociales, los delirios poéticos y el 'London is burning'.
Una delicia enciclopédica de obligado cumplimiento.
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14 Febrero 2013
En la delirante democracia de Pablo Gutiérrez, cuando haces pop ya no hay stop, y lo que empieza como un Isaac Rosa termina como un Burroughs (el de los almuerzos en pelotas, no el del buen salvaje en taparrabos), y un tal George Soros que pasaba por ahí. Una democracia para cada uno, lo mismo que algunas verdades particulares que algunos dicen poseer en propiedad. Propongo que escribamos nuestra propia democracia en prosa, igual que ha hecho Pablo Gutiérrez con el patrocinio de Seix Barral, y hagamos de la miseria moral contemporánea banda sonora nada original de nuestras propias miserias cotidianas. Así lo ha hecho Pablo Gutiérrez con 'Democracia' en un crescendo que va con el pobre Marco de los Apeninos a los Andes al río Nung y al Madrid del 15–M de las periferias al centro y de ahí de vuelta a las nuevas urbanizaciones dibujadas y a medio construir o derruir, quién sabe ya.
La 'Democracia' de Pablo Gutiérrez podría ser una historia salvadora del arte vocacional, un manual de autodestrucción de principio a fin de los principios o un sueño de la RAZÓN AQUÍ que produce monstruos en las casetas de las promociones inmobiliarias de obra nueva, que raras veces coincide con la maestra. Y acaba siendo la narración de una caída desde el vacío del piso altísimo de un rascacielos de la sede central de Lehman Brothers, de una azotea para dos hasta la calle para todos. De la narración del yo en modo 'pobre de mí' al nosotros en clave 'ricos de ellos' (a nuestra costa).
'Democracia' de Pablo Gutiérrez se lee como se viven las peores pesadillas que nunca nos podrían estar pasando a nosotros, pero se lee con la visión periférica que proporciona saber de dónde vienen unos personajes que podrían aparecer dibujados, con los rasgos perfectamente definidos, sobre las aceras y zonas comunes que rodean las nuevas construcciones que empezó dibujando Marco, el protagonista de la novela. Una novela buena, ya que se lo preguntan. Una novela a pulso, a la fuerza a veces, incluso cuando su literatura es más lisérgica y la sátira se transforma en alucinación; como cuando nos da la risa nerviosa y acabamos llorando, hiperventilando, cayéndonos al suelo mareados.
“No es un complot de nadie contra nadie, son casas vacías y gente que quiere casas, en eso consiste la democracia”, se atreve a decirle Marco a su propia madre, y ya sabemos que todo lo que nos contaron era mentira, que todo lo leímos era verdad y que lo que sumamos ha acabado dando un saldo negativo. Nos queda la poesía, incluso la mala, que es bastante mejor que otras cosas buenas: las buenas familias, los buenos partidos, las buenas tardes dadas a los vecinos en el portal y las buenas intenciones. De todo eso hay en la 'Democracia' de Pablo Gutiérrez, entre cuyas muchas virtudes hay que destacar su capacidad para tachar con brocha precisa la sensiblería, el victimismo y las ganas que tenemos de que el infierno sean los demás, cuya deuda compramos barata para podernos permitir las nuestras. Amén.
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13 Febrero 2013

“(...) pero en los alrededores del baile es donde está la literatura, porque siempre hay alguien que puede invitarte a salir a la pista (...)”,
sentencia el alter ego apocopado de Alberto Olmos casi al final de su último libro, un estupendo viaje espaciotemporal de Tokio a Guadalajara (México) pasando por los segovianos sobre quienes no escribe pero sí le publican esta POSE que Olmos usa para escribir sobre los demás, sus talentos y sus ridículas faltas leves.
Qué bien baila Alberto Olmos, aunque nos pise, da igual, qué gusto da leerle bailar.
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5 Febrero 2013

Llevo algunas semanas entre preocupado y atónito ante el despliegue publicitario multimedia de esta novela que, desgraciadamente, tuve el disgusto de leerme hace unos meses. Y sufro. Vuelvo a sufrir casi tanto como lo hice al leerla.
Cierto es que entonces padecía por mí y ahora lo hago por ustedes, lectores incautos; me aterra que las inserciones publicitarias en prensa y cines les hagan pensar que este libro les puede interesar. Y no. Porque este libro es
1. muy malo
2. muy rancio
Como ejercicio literario es un pésimo chiste, una sucesión de frases, párrafos, páginas y capítulos mal hilvanados, peor resueltos y de una ramplonería que asusta. Por no hablar del argumentJAJAJAJAJAJAJA.
Como objeto ideológico es puro detrito.
¿Se puede perpetrar una novelita negra y rosa con tintes neocon pestilentes, prosa séptica y estereotipos a granel?
Se puede.
Paco Muñoz Botas lo ha hecho y ha mezclado prejuicios rancios con homofobia embozada en mariconeo y aires de grandeza que solo logran ampliar la naúsea que provoca un libro que habría resultado lectura recomendada para cualquier tertuliano intereconómico si el protagonista del mismo no fuera gay y si 'lo gay' no se hubiera apuntado al entusiasmo neoliberal.
ADVERTENCIA: ¡QUÉ TRASTOS! no es solo mala literatura; es pestilente.

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3 Febrero 2013
Hay dos libros de Belén Gopegui, dos obras aparentemente menores (de edad, solamente), publicadas por El barco de vapor, sobre las que me gustaría hablar con el entusiasmo que merecen y me queda tras el goce que sentí al leerlas. 'El balonazo' y 'El amigo que surgió de un viejo ordenador' son un par de novelas infantiles, de cuentos largos, de libros escritos para un niño (Daniel) y una niña (Mariú) con nombres propios y que van mucho más allá del regalazo que tiene que ser que tu madre escriba una historia donde seas protagonista.
Sobre la obra infantil de Gopegui planea una certera mirada hacia nuestra realidad, una mirada desde la estatura de unos niños que se hacen las preguntas correctas para acabar obteniendo de los adultos las respuestas posibles: “¿Podemos hacer trampas si jugamos con tramposos? ¿Es mejor ser leal a tu mejor amiga, o hacer lo que está bien? ¿Qué es el amor propio?, Cuando decimos que la vida no es justa,... ¿estamos hablando de la vida o de las personas? ¿Cómo podemos saber que alguien es nuestro amigo?” Desde la estatura física de los niños, que están mucho más cerca de todo lo que anda, se arrastra o se sostiene en pie. Como nosotros a estas alturas. Como las niñas que deciden que sí son importantes y se atreven a actuar para que todo deje de ser tan injusto. El mundo y las personas que lo habitamos.
Los niños de Gopegui se preguntan muchas cosas y, sin saberlo, acaban cuestionando el sistema para lograr un prodigio literario: que los adultos de la ficción y quienes estamos al otro lado de la ficción, como lectores, nos obliguemos a dar una respuesta verdadera, a veces mucho más cobarde que la que ofrecen a los niños y las niñas de Belén los vendedores del 'top manta', las profesoras, las madres o los padres de sus relatos.
Las niñas de Gopegui comparten el mundo con nosotros, no habitan universos mágicos ni se dejan embaucar por las mentiras que cuentan otros libros. Van y vienen solas por la calle para acompañarse a casa a merendar y, tanto ellas como sus hermanos, sus padres, sus abuelos o el resto de adultos que pululan por sus historias nos cuentan la verdad sobre algunas cosas, nos descubren cómo son las cosas de verdad: que no se ven las estrellas cuando te pegan un balonazo, que nada de lo que cuentan los libros es verdad, que los piratas no tienen ningún aspecto de pirata de barco, o que no todo lo que está prohibido por la ley es malo. También nos enseñan que el amor propio es “el término medio entre ser muy orgulloso y que te dé todo igual”. O que nos gusta ganar porque nos gusta hacer las cosas bien.
En los libros infantiles de Belén Gopegui, igual que en sus novelas para adultos, los personajes esconden secretos y aprenden algo muy importante: lo que nos enseñan los secretos y cuánto nos ayudan mientras lo son y los guardamos. También descubren otra maravilla: a compartir los secretos cuando llega el momento, cuando hemos atado los cabos suficientes y hemos descubierto que solos no podemos, como decía aquel fabuloso eslogan de 'La bola de cristal': “Solo no puedes; con amigos sí”. Porque en los libros de Gopegui (igual da para quién los haya escrito) los amigos tienen un papel fundamental en la trama; mientras que en su obra para adultos los amigos de Gopegui no siempre están a la altura, en sus novelas infantiles siempre responden, aprenden a unirse para ayudarse y entienden que “Yo soy yo porque somos nosotros”.
Termino: leer 'El balonazo' y 'El amigo que surgió de un viejo ordenador' me provocó unos efectos que me veo obligados a advertirles, por si acaso: lloré de emoción al llegar al final en ambos, me entraron unas tremendas ganas de ser padre (por suerte, se me quitaron con un par de visitas al Ikea) y aprendí a entender el futuro, que no es el nuestro, sino el de Mariú y el de Daniel. Y no saben cuánto me tranquiliza saber eso.
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